Silla de ruedas de bajo coste: cómo Cadires x Tororo las fabrica con PVC en Uganda

Cadires x Tororo fabrica en Uganda sillas de ruedas de unos 70 euros con tubos de PVC y ruedas de carretilla, adaptadas a cada niño y montadas con el hospital y la escuela local.

Por Edgar Guerrero, Director de Desarrollo de Negocio de i-mas Capítulo 76 9 min de lectura

Portada de la entrevista de Toque de Ingenio con Carlota Regales y Adrià Sallés sobre Cadires x Tororo

Una silla de ruedas de bajo coste tiene que poder construirse con materiales locales, herramientas sencillas y las medidas de cada usuario. Cadires x Tororo aplica esa lógica en el distrito de Tororo, en Uganda, con una estructura de tubos de PVC y ruedas de carretilla que cuesta en torno a 70 euros. En el capítulo 76 de Toque de Ingenio, Carlota Regales y Adrià Sallés explican cómo dos proyectos académicos se convirtieron en una asociación y qué decisiones de diseño y fabricación han tomado sobre el terreno.

Invitados: Carlota Regales y Adrià Sallés, presentados en el episodio como fundadores de Cadires x Tororo. Conversación publicada: 14 de abril de 2026. Episodio: 76. Duración: 53 min.

En este capítulo:

  • Por qué el tubo de PVC de fontanería permite fabricar una silla en cualquier lugar donde haya obra.
  • Cómo se adapta la geometría a niños con parálisis cerebral que no pueden propulsarse.
  • Qué hace falta para que la fabricación continúe cuando el equipo no está en Uganda.

En el momento de la entrevista, la asociación había fabricado alrededor de 40 sillas de PVC y acababa de volver de un viaje a Marruecos. Es un trabajo voluntario de un grupo de 12 a 15 personas.

Silla de ruedas de bajo coste: empezar por un material que exista en todas partes

Adrià Sallés relata que el origen está en su trabajo de fin de grado de diseño industrial, hace cerca de diez años, junto a un compañero que había sido guía de esquí de personas ciegas. Diseñaron una silla que cualquiera pudiera montar sin conocimientos ni herramientas especiales.

La estructura se construye con tubos de PVC de presión, los de fontanería, no los de desagüe. Se corta con sierra y se une con codos y tes encolados. Después se añade un eje y unas ruedas. Adrià explica que con herramientas de carpintería se obtiene una geometría muy adaptable.

«Es un material que encuentras en todos los sitios donde haya construcción».

Adrià Sallés, 05:53.

La idea la compara con los inicios de las impresoras 3D y su cultura abierta: un buen videotutorial, una guía y materiales disponibles en cualquier país, para que la silla llegara a cualquier sitio y fuera económica.

Dos proyectos académicos que se cruzan en Tororo

Carlota Regales llegó al problema por otro camino. Para su trabajo de fin de bachillerato, un profesor que había estado de voluntario en Tororo le contó que muchos niños con discapacidad pasaban el día en el suelo por falta de sillas. Diseñó una silla de posicionamiento para niños con parálisis cerebral, según cuenta, sin conocimientos previos.

Contactó con el hospital de Tororo, que tardó tres meses en responder. Recaudó dinero vendiendo bolsas de tela y pasteles, ganó un premio al mejor trabajo de bachillerato y reunió unos 6.000 euros. Con ellos se fabricaron 14 sillas de posicionamiento y se financiaron mejoras en la escuela Gururu.

En 2022 viajó a Uganda por primera vez con tres compañeros. Empezaron a trabajar con el hospital y la escuela, enseñaron carpintería a alumnos sordos y apoyaron al equipo que visita a niños con discapacidad en una zona muy extensa.

Al año siguiente Adrià fue su profesor en la universidad. Carlota relata que estaba haciendo un análisis por elementos finitos de una silla cuando él comentó que había hecho lo mismo en su trabajo de fin de grado. De esa conversación nació la unión entre la silla de PVC y el proyecto de Tororo.

Adaptar el diseño al usuario real: ruedas de carretilla y medidas a mano

La silla de madera de Carlota quedó aparcada. Era difícil de fabricar allí y de entregar en buenas condiciones por carreteras casi inexistentes. La estructura tubular de PVC se impuso por su facilidad de corte y montaje.

Hay una diferencia respecto al diseño original: en Uganda las sillas no son autopropulsadas. La mayoría de los niños atendidos tiene parálisis cerebral, en muchos casos asociada a una malaria no tratada, y no puede mover brazos ni piernas. El equipo sustituyó las ruedas propulsables por ruedas de carretilla, que se encuentran en el mercado de Tororo y, según explican, aguantan muy bien el terreno.

La geometría se ajusta a cada niño tomando sus medidas. Un niño con más control de tronco recibe una silla algo más ancha para que no se le quede pequeña al crecer; uno que ha pasado el día en el suelo necesita laterales que lo recojan más. También se adapta la profundidad del asiento al fémur. Es la parte del diseño de producto que no puede resolverse desde la oficina técnica.

Esa adaptabilidad se puso a prueba con Opio, un chico de 12 o 14 años que usaba una silla del año anterior. Al reparar la tela y colocar una madera nueva, el asiento subió y dejó de tocar el suelo con el pie, que era su forma de desplazarse. Adrià relata que el chico se enfadó y que dos semanas después volvieron con una sierra para modificar la estructura.

Fabricar in situ y comprar en el mercado local

Durante el año, la asociación mantiene contacto con las entidades de Tororo y recauda fondos con eventos, campañas de micromecenazgo y merchandising. En verano viaja a Uganda, compra el material y monta las sillas con el hospital y la escuela.

Los tubos de PVC, los codos, las tes y las ruedas se compran allí. Los invitados explican que no llevan nada desde España salvo, en alguna ocasión, herramientas eléctricas, porque en el taller local todo se hacía a mano. Así el gasto se queda en la economía local.

El coste ronda los 70 euros por silla. Los invitados sitúan el salario mensual habitual en la zona alrededor de 100 dólares y el precio de una silla convencional cerca de 280, casi tres meses de sueldo. Esa distancia explica por qué una familia sin recursos no puede plantearse comprarla.

El reto de fondo: que la fabricación continúe sin el equipo

La idea inicial de entregar un manual para que cada familia construya su silla no funciona sola. Los fundadores explican que en las zonas rurales una familia con varios hijos destina sus escasos recursos a los niños sanos. Muchas familias ni siquiera acuden al hospital, a dos horas de transporte.

A eso se suma el estigma. Tener un hijo con discapacidad ha estado muy mal visto, a menudo se culpa a la madre y a veces los padres se marchan y el niño queda con los abuelos. El hospital, gestionado por benedictinos, atiende casos muy graves y no siempre identifica la silla como una prioridad.

Por eso los invitados señalan que el principal reto del proyecto es garantizar que las sillas se sigan fabricando cuando ellos no están. Según relatan, no se implanta en un año: hay que volver, corregir errores y escuchar el feedback.

La silla lleva el nombre de Ubuntu, una filosofía africana que el equipo traduce como humanidad compartida. El objetivo a cinco años es que el proyecto funcione solo: que en Tororo haya un lugar donde se sepa que se pueden pedir sillas y que la actividad se autofinancie. Para dar regularidad a los ingresos trabajan en una figura de socio.

De Tororo a Marruecos: tres tallas y un taller metálico

El diseño abierto ha permitido que la silla viaje. Un amigo montó una en Nepal y Adrià construyó otra en una escuela de la India, durante un viaje con alumnos a un concurso de diseño. En febrero, el equipo recorrió Marruecos con un convoy solidario y repartió 15 sillas de PVC.

En Marruecos no conocían a los beneficiarios hasta llegar a cada punto, así que cambiaron el enfoque. En lugar de medir a cada niño, fabricaron tres tallas: pequeña, mediana y grande.

«Pues una de las tres siempre encaja».

Carlota Regales, 41:04.

Para Tororo el siguiente paso es distinto. Los invitados explican que buscan un taller metálico del distrito que fabrique sillas de ruedas metálicas adaptadas a los niños de la zona, con los alumnos del taller de soldadura como mano de obra. Es más caro y más complejo que cortar PVC con una sierra, pero permite ofrecer una silla autopropulsable, con ruedas de aro, a quien la necesite.

La estructura de PVC no desaparece. Queda como solución para las zonas más rurales, donde es difícil que llegue cualquier otra silla, y para los niños que no necesitan propulsarse.

Qué puede aprender otro equipo de desarrollo

El caso de Cadires x Tororo deja cuatro aprendizajes para quien diseñe productos que deban fabricarse lejos de su oficina técnica:

  • Diseñar desde la cadena de suministro real. Un tubo de fontanería y una rueda de carretilla que se venden en el mercado local evitan depender de envíos y repuestos.
  • Aceptar que el usuario corrige el diseño. El pie de Opio que dejó de tocar el suelo obligó a cortar y volver a montar; una estructura modificable lo permite.
  • Separar el producto del sistema. La silla funciona; lo difícil es que la fabricación, la financiación y la coordinación sigan cuando el equipo fundador no está.
  • Elegir entre medida y talla según el contexto. Medir a cada niño en Tororo y fabricar tres tallas en Marruecos son respuestas distintas a la misma pregunta.

En el momento de la entrevista, la asociación acumulaba alrededor de 40 sillas de PVC y preparaba la colaboración con el taller metálico. La web de Cadires x Tororo recoge el proyecto y las vías para colaborar.

Este episodio no habla de startups ni de rondas de inversión, pero sí de decisiones de ingeniería que cualquier equipo reconoce. Si estás desarrollando un producto que debe adaptarse a cada persona o fabricarse con recursos limitados, cuéntanos tu proyecto. Y si te interesan más conversaciones como esta, las encontrarás en Toque de Ingenio.

Para seguir leyendo: cómo adaptar un producto a las medidas de cada persona con escaneado 3D.

Fuente del artículo: entrevista de Edgar Guerrero con Carlota Regales y Adrià Sallés en Toque de Ingenio. Los pasajes citados enlazan al minuto de la conversación. Las recomendaciones para otros proyectos son una síntesis editorial de i-mas.