Crear un perfume personalizado con IA exige resolver tres problemas a la vez: convertir lo que cuenta una persona en una fórmula, enseñarle el resultado antes de olerlo y fabricar esa fórmula con precisión en el punto de venta. SCircle combina un perfumista digital llamado Aura, una visualización del perfume y una máquina con cápsulas que dosifica la mezcla en minutos. En el capítulo 67 de Toque de Ingenio, Álvaro Suárez explica cómo se construyó ese sistema, por qué nació en un grupo de electrodomésticos y qué aprendió en sus tres primeras semanas de ventas.
Invitado: Álvaro Suárez, presentado en el episodio como CEO de SCircle. Conversación publicada: 11 de noviembre de 2025. Episodio: 67. Duración: 58 min.
En este capítulo:
- Cómo una IA traduce recuerdos, lugares y perfumes de referencia en una fórmula.
- Por qué 34 cápsulas combinables sustituyen a los 4.000 ingredientes de un perfumista.
- Qué mostraron los datos de la primera semana de ventas y qué cambió el equipo.
La conversación se grabó con la máquina Scent Creator sobre la mesa: Edgar pidió un perfume de madera y cuero que recordara a un concierto de rock, y salió fabricado durante la entrevista. SCircle llevaba tres semanas vendiendo en Estados Unidos, así que cifras y planes corresponden a ese momento.
Un perfumista digital que empieza por el brief
Álvaro parte de una comparación histórica. Durante siglos, solo la gente ilustre tenía acceso a un perfumista, un artista que memoriza ingredientes y sabe imaginar cómo olerá una mezcla. Según explica, un perfumista conoce unos 4.000 ingredientes aprobados por la International Fragrance Association.
SCircle ha recreado esa figura con inteligencia artificial. Aura, su perfumista digital, se alimenta del conocimiento sobre los ingredientes de la casa, de la información de perfumería disponible en internet y de las fórmulas que crean los usuarios. Cuantos más perfumes crea la gente, mejor afina el sistema.
«Tú desde tu teléfono tienes a día de hoy un perfumista en tu bolsillo».
Álvaro Suárez, 06:20.
La interacción reproduce el brief de un perfumista. El usuario habla de ingredientes que le gustan o rechaza, de perfumes comerciales que le inspiran o de historias y lugares. Álvaro pone el ejemplo de una cala de la Costa Brava: el sistema tiende a añadir un matiz de brisa marina con pino como huella de ese lugar.
Según relata, esa correlación tiene fundamento: el conocimiento existe, pero está repartido entre perfumistas y no converge en ningún sitio. La IA ayuda a estructurarlo.
Reducir 4.000 ingredientes a 34 cápsulas combinables
Poner 4.000 ingredientes a disposición de cada persona era técnicamente imposible. Junto a la casa de fragancias con la que construyeron el concepto, el equipo concluyó que la mejor arquitectura era crear mezclas ya hechas, combinables entre sí y repartidas por toda la rueda olfativa, la clasificación de olores que usan los perfumistas.
Son 34 mezclas de dos tipos. Las bases son estructuras de perfume a medio hacer que cumplen la pirámide olfativa, con notas que se evaporan rápido, como los cítricos, y otras que duran más, como las maderas. Los acordes son ingredientes ricos que, por sí solos, huelen incompletos. Un perfume combina una, dos o tres bases con los acordes que se quieran.
Hay otra decisión química relevante. Un perfume tradicional es un concentrado al 20 % que se completa con alcohol y fijadores y necesita días de maceración. En SCircle todo va embebido en las cápsulas, de modo que el perfume sale listo para usar, sin la espera que exigen otros competidores.
Enseñar el perfume antes de olerlo: el scentboard
El perfume es la categoría de belleza que menos ha avanzado en el canal digital porque, según Álvaro, solo compra perfume online quien ya lo conoce. SCircle intenta abrir dos barreras a la vez: la venta online y la personalización.
La herramienta es el scentboard, un collage de fotos que representa el perfume. Un algoritmo calcula cómo combinan los 100 o 150 ingredientes de la fórmula y muestra solo los dominantes, los que percibirá alguien que no es perfumista. El tamaño de cada imagen indica cuánto se olerá de cada uno.
Álvaro sitúa ahí la parte más determinante del software. Antes de arrancar el proyecto dieron muchas vueltas a cómo enseñar un perfume, con propuestas propias, del socio de perfumería y de agencias, y después lo probaron en tiendas y con perfumistas de otras empresas.
El objetivo es cerrar el bucle: que lo que se ve coincida con lo que se huele. Eso permite iterar como con un perfumista en vivo: quitar cuero, subir la vainilla y recalcular. Este trabajo de diseño de experiencia de usuario explica que la primera sesión dure cerca de 20 minutos.
Una máquina que fabrica el perfume en la tienda
El Scent Creator es, en palabras de Álvaro, un laboratorio de alquimia con cápsulas dentro. Cada cápsula lleva una pequeña electrónica, su mezcla y su número. De las 34 mezclas del catálogo, en la máquina caben 12, y un perfume suele necesitar cuatro o cinco.
La aplicación que gobierna la máquina lee cada cartucho y cuánto queda, avisa si falta un cartucho o la botella y cambia la luz cuando está lista. Una muestra tarda un minuto; la botella grande, tres. La muestra ocupa entre 0,5 y 0,8 ml, frente a los 1,7 o 2 ml habituales, y no genera residuo.
«Todo el mundo que haya trabajado con hardware sabe que el hardware es duro».
Álvaro Suárez, 50:23.
Álvaro reconoce que no sufrió tanto esa parte: el hardware se coordinó desde el grupo de electrodomésticos. Su equipo definía necesidades y características, y un equipo con experiencia en ingeniería electrónica y fabricación construía la máquina.
La máquina funciona como unidad productiva: en tiendas de socios en Estados Unidos y México, y como minifábrica en centros logísticos, donde un pedido online se imprime, se empaqueta y se envía. La botella pequeña cuesta 25 dólares y la de 20 ml, 95.
De proyecto de innovación a startup: comprar lo que quedó
Álvaro es ingeniero industrial y pasó sus primeros ocho o nueve años en el grupo de electrodomésticos propietario de Balay, con central en Zaragoza. Acabó en el departamento de innovación, en Alemania, donde el proyecto arrancó en 2017 a partir de la idea de un químico de Zaragoza, Javier Sanz.
El comité de innovación la rechazó durante seis meses. Álvaro la presentó cada mes con un enfoque distinto hasta que llevó a la reunión la entrevista grabada con una antigua directiva del sector de la belleza en Nueva York. El proyecto se aprobó como electrodoméstico.
De ahí salió una empresa conjunta con un socio de perfumería, con 20 personas en Barcelona y una tienda en París. Según relata, la COVID y las diferencias entre socios acabaron cerrándola. Álvaro compró después el inventario, los moldes y el software, y en 2024, al terminar su no competencia, adquirió las patentes.
Con todo eso llamó al antiguo presidente del grupo, ya jubilado, y constituyeron SCircle en marzo de 2025, recuperando a la mayor parte del equipo anterior.
Lanzar, medir y corregir en tres semanas
SCircle salió al mercado en Estados Unidos porque su socio de marketing es americano y perfumista, y porque allí la cuota de las perfumerías de nicho se duplica cada año entre menores de 25 años.
La semana de precampaña, la última de septiembre, no salió ni un perfume. El equipo usó Microsoft Clarity para trazar el recorrido de los usuarios por la web y entrevistó a quienes habían creado fórmulas. Descubrieron que la gente no sabía qué se vendía: no había ni una foto de la botella. Corrigieron eso y los primeros pedidos llegaron el 1 o 2 de octubre.
Tres semanas después, Álvaro hablaba de cientos de perfumes vendidos y miles de fórmulas creadas. La mitad de quienes entran crea un perfume digital y una cuenta, con sesiones de 15 minutos de media.
Preguntado por su mayor error profesional, cita un proyecto anterior de producto físico en el que esperó demasiado a lanzar. Su aprendizaje es no retrasar la salida porque nunca parece suficiente: el feedback de los primeros pedidos sirvió para cambiar cosas la semana siguiente.
Qué puede aprender otro equipo de desarrollo
El caso SCircle deja cuatro aprendizajes para productos con química, hardware y software:
- Diseñar primero el consumible. Las 34 cápsulas y su lógica de combinación condicionaron la máquina, no al revés.
- Mostrar antes de fabricar. Una representación fiable del resultado reduce el riesgo de comprar algo que no se puede probar.
- Medir el recorrido real del usuario. Un fallo tan simple como no enseñar la botella puede bloquear las ventas.
- Separar los ritmos de hardware y software. El aparato necesita un mínimo de madurez; el software se corrige con cada pedido.
En el momento de la entrevista, SCircle vendía en Estados Unidos, abría tiendas en México el 12 de noviembre y preparaba la llegada a Europa para principios de 2026. Álvaro también apuntaba versiones más pequeñas de la máquina para embajadores de belleza e influencers.
En i-mas desarrollamos productos que integran mecánica, electrónica, consumibles y software, desde el prototipo hasta la fabricación. Si tu proyecto necesita dosificar, medir o fabricar algo en el punto de venta, cuéntanos tu proyecto o consulta nuestro diseño y desarrollo de producto.
Para seguir leyendo: cómo desarrollar una máquina automática de comida fresca para el punto de venta.
Fuente del artículo: entrevista de Edgar Guerrero con Álvaro Suárez en Toque de Ingenio. Los pasajes citados enlazan al minuto de la conversación. Las recomendaciones para otros proyectos son una síntesis editorial de i-mas.