La monitorización de constantes vitales en animales hospitalizados choca con un límite físico: un perro o un gato despierto no soporta los cables de un monitor convencional. Dindog Tech respondió con un arnés inalámbrico que registra electrocardiograma, respiración, temperatura, actividad y posición, y avisa al veterinario cuando algo se sale del rango. En el capítulo 56 de Toque de Ingenio, Talía Bonmatí explica cómo pasaron de un estudio de mercado a un dispositivo en clínicas, qué falló en la electrónica y por qué la misma tecnología llegó a probarse con pacientes humanos.
Invitado: Talía Bonmatí, presentada en el episodio como fundadora de Dindog Tech. Conversación publicada: 24 de junio de 2025. Episodio: 56. Duración: 1 h 20 min.
En este capítulo:
- Por qué un hospital veterinario necesita monitorización continua sin cables.
- Qué costó desarrollar la electrónica, el protocolo de datos y el textil del arnés.
- Cómo se vende tecnología en un sector tradicional y qué pasó al probarla en medicina humana.
Durante la conversación, Talía muestra el arnés sobre un maniquí de perro y desmonta el kit pieza a pieza: monitor, sensores, hub y pinzas.
Monitorización veterinaria: empezar por la sala de hospitalización
Talía cuenta que Dindog Tech no nació de una tecnología, sino de una búsqueda. A finales de 2015 quería montar una empresa que uniera tecnología y animales y encargó un estudio de mercado con unas 800 personas, entre propietarios y profesionales.
Ese estudio señaló dos problemas: la ansiedad por separación y la hospitalización veterinaria. El equipo eligió el segundo porque, según relata, había animales que no volvían a casa por falta de medios para vigilarlos de forma continua.
Los veterinarios le describieron la rutina: sacar al animal de la jaula varias veces al día, tomar respiración, temperatura y frecuencia cardíaca y anotarlo en papel. Entre control y control no había nadie en la sala. La única alternativa era el monitor multiparamétrico de hospital, con cables pensados para personas.
«Un animal despierto no tolera cables».
Talía Bonmatí, 08:23.
De ahí salió la especificación inicial: medir sin cables, avisar cuando un parámetro se salga del rango y reducir la manipulación del animal. Con los veterinarios definieron qué parámetros había que controlar en tiempo real.
Un arnés con sensores diseñado con cardiólogos veterinarios
El sistema que Talía muestra tiene tres piezas. Un monitor que va en un bolsillo del arnés y recoge la señal de tres electrodos de electrocardiograma y de un termómetro de infrarrojos. Un hub que se instala en la sala de hospitalización y recibe hasta cuatro dispositivos. Y una plataforma en la nube con un panel para ver a todos los pacientes a la vez.
Los parámetros son electrocardiograma, frecuencia cardíaca, respiración por minuto, temperatura, actividad y posición.
Los arneses se diseñaron con cardiólogos veterinarios. Los electrodos van en los mismos puntos que ya usan los profesionales para no cambiarles el procedimiento, y el sistema avisa si un parche se ha secado o desconectado. Para monitorizaciones cortas hay pinzas atraumáticas que evitan rasurar.
La electrónica se colocó en la parte superior del arnés por dos razones: repartir el peso y que el animal no pueda morderla ni rascarse encima, lo que metería ruido en la señal. Hay cinco tallas, de unos 2 a 40 kilos, con un alargo de velcro para ajustar.
La batería dura unas 150 horas en tiempo real. La primera versión se comunica por Bluetooth; en el momento de la entrevista terminaban una segunda con Wi-Fi directo y seis derivaciones.
Desarrollar la electrónica: un proveedor fallido y volver a empezar
Talía y su socio no eran ingenieros. Antes de constituir la empresa, el 1 de abril de 2016, hablaron con ingenieros y empresas de ingeniería para confirmar que los parámetros podían medirse con lo que había en el mercado.
La primera decisión fue externalizar el desarrollo del núcleo del dispositivo a una empresa de electrónica. Según relata, la entrega fue un prototipo que ni siquiera se encendía, y recuperar el dinero les costó un año y un acuerdo de confidencialidad. Les habían planteado un producto casi final en tres meses.
Tras ese año perdido contrataron a un ingeniero y empezaron de cero: probar qué sensores funcionaban mejor en animales, miniaturizar y pasar de prototipos grandes y feos a un producto más terminado. Talía sitúa el mayor sufrimiento técnico en el protocolo de envío de datos, que debe transmitir cada ocho milisegundos para dibujar el trazado del electro en tiempo real.
«Cada paso ha sido como visitar el infierno y luego volver».
Talía Bonmatí, 46:03.
Los algoritmos se ajustaron comparando con monitores multiparamétricos de hospital, tomados como referencia, y con umbrales distintos por tamaño: un perro pequeño respira mucho más rápido que uno grande. Otro problema práctico fue la conexión a internet de las clínicas, a menudo precaria, que obligó a reforzar el software para evitar microcortes.
El textil tuvo su propio recorrido. Varias fábricas rechazaron hacer prototipos para perros, y los animales no escalan como las personas: la caja torácica de un galgo no se parece a la de un pastor alemán.
Este recorrido ilustra por qué la ingeniería electrónica de un wearable para animales no se resuelve con un encargo cerrado. Sensores, firmware, algoritmos y textil evolucionan juntos y necesitan prototipos sucesivos.
Vender tecnología en un sector tradicional con un mercado finito
El producto se lanzó a finales de 2021. Talía describe el sector veterinario como muy tradicional y poco digitalizado, con equipos desbordados. Parte del trabajo actual es educación: explicar que la herramienta les hará trabajar más rápido.
La objeción del coste se resuelve con el retorno. Según sus cálculos, la inversión se recupera entre dos meses y medio y cinco meses porque las clínicas suben la tarifa de hospitalización entre 8 y 10 euros.
Edgar y Talía coinciden en un matiz sobre el método Lean Startup: sacar algo imperfecto para probarlo funciona con mercados enormes, no con unos 2.000 centros con hospitalización en España donde todo el mundo se conoce. En B2B, dice Talía, la reputación obliga a ir más despacio.
El modelo de negocio ha cambiado muchas veces. En el momento de la entrevista vendían a través de distribuidores en Tailandia, Singapur y Estados Unidos, con software sin suscripción y un plan pro con inteligencia artificial. Y estaban perfilando otro paso: prestar el equipo y cobrar por monitorización con un mínimo mensual, una prueba posible porque tenían stock. La idea era que las clínicas usaran el sistema en lugar de comprarlo.
El salto a medicina humana y el peso de la certificación
La pandemia les tiró la ronda de inversión que tenían apalabrada. Poco después, a raíz de un programa con IQS, el Instituto Catalán de Salud se interesó por su sistema de telemedicina para los hospitales de campaña que se estaban montando.
Les pidieron añadir pulsioximetría, que no tenían. Con sensores pedidos a Estados Unidos y piezas de plástico prototipadas, su ingeniero de hardware integró la nueva medida y fabricaron ocho prototipos que se probaron en un hospital de campaña.
Los hospitales les animaron a buscar una certificación ordinaria en lugar de una de emergencia. Eso implicó rediseñar las PCB, contratar una consultora sanitaria, pasar la ISO 13485 y las pruebas de laboratorio de una certificadora, hasta alquilar máquinas en Taiwán y llevarlas a Italia para ensayos específicos.
Llegaron hasta antes de presentar el expediente del MDR y lo pausaron. El motivo, según Talía, fue la decisión de separar la línea humana en una sociedad distinta y no consumir la caja de la línea veterinaria. El proyecto sigue muy avanzado y abierto a que una empresa del sector médico lo comercialice.
Diversificar proveedores y elegir bien a los socios
Preguntada por su mayor error, Talía vuelve al primer proveedor: fiarse de un partner sin contrastarlo con sus clientes.
El segundo aprendizaje es no pasar la patata caliente al contratar: cubrir un puesto con el candidato menos malo por quitarse carga de encima acaba generando dos problemas. Más entrevistas, más pruebas y periodos de prueba son el filtro.
El tercero es la fabricación. Durante la crisis de semiconductores dejaron China, donde no encontraban componentes, y se fueron a fabricar a Kiev. Con la guerra, según se comenta en la conversación, la producción se trasladó a Polonia. La conclusión de Talía es tener más de un partner para cada cosa.
Qué puede aprender otro equipo de desarrollo
El caso de Dindog Tech deja cuatro aprendizajes para quien desarrolla un dispositivo con sensores:
- Contrastar al proveedor con sus clientes. Antes de externalizar el núcleo de un producto, hablar con quien ya le ha encargado algo parecido.
- Desconfiar de los tres meses. Hardware, firmware y algoritmos adaptados al usuario final no caben en ese plazo; solo un molde ya consume tres meses.
- Diseñar para quien manipula el dispositivo. Electrodos en los puntos habituales, avisos de parche suelto y electrónica fuera del alcance del animal reducen datos perdidos.
- Escalar según el tamaño del mercado. Con pocos clientes potenciales y muy conectados entre sí, cada unidad defectuosa cuesta reputación; conviene probar en pequeño.
En el momento de la entrevista, Dindog Tech vendía el sistema para perros, gatos y caballos, terminaba la segunda versión con Wi-Fi y seis derivaciones y preparaba pilotos con hospitales veterinarios para probar el pago por monitorización. La línea de telemedicina humana quedaba en pausa con la certificación avanzada.
En i-mas desarrollamos electrónica, firmware y producto para dispositivos que miden señales en condiciones reales. Si tu proyecto necesita integrar sensores, comunicación y algoritmos en un dispositivo que alguien va a manipular, cuéntanos tu proyecto.
Para seguir leyendo: cómo desarrollar un wearable que mide señales fisiológicas.
Fuente del artículo: entrevista de Edgar Guerrero con Talía Bonmatí en Toque de Ingenio. Los pasajes citados enlazan al minuto de la conversación. Las recomendaciones para otros proyectos son una síntesis editorial de i-mas.