Una tienda automática sin personal tiene que resolver a la vez el acceso, la detección del producto, el cobro y la confianza del cliente. Big Fish lo ha hecho en módulos prefabricados de 18 m² con sensores de peso, cámaras en el techo y una tarjeta bancaria que abre la puerta. En el capítulo 63 de Toque de Ingenio, David Casanovas explica cómo un primer intento fallido dio paso a cinco tiendas abiertas 24 horas y qué decisiones técnicas, legales y de comunicación sostienen el modelo.
Invitado: David Casanovas, presentado en el episodio como CEO de Big Fish. Conversación publicada: 30 de septiembre de 2025. Episodio: 63. Duración: 1 h 10 min.
En este capítulo:
- Por qué la tienda nace como un módulo fabricado en la propia planta del grupo.
- Cómo combinan sensores de peso y cámaras para saber qué se lleva cada cliente.
- Qué aprendieron sobre robos, normativa y confianza tras más de 6.000 compras.
Cuando se grabó la conversación, Big Fish tenía cinco tiendas en centros del propio grupo, las dos últimas abiertas en Ibiza en julio, y terminaba el software de gestión con el que quiere ofrecer el modelo a terceros.
Tienda automática sin personal: el origen en un módulo prefabricado
David Casanovas explica que Big Fish es la marca que explota un proyecto nacido dentro de un grupo energético pionero en España en gasolineras de autoservicio. El mismo grupo incorporó después centros de lavado, como máster franquicia de Elefante Azul, y una fábrica donde construye los módulos prefabricados que alojan la maquinaria de esos centros.
Las grandes petroleras ya tenían tiendas de conveniencia en sus estaciones, y el fundador del grupo quiso ofrecer el mismo servicio sin personal. Según relata David, el proyecto arrancó unos tres años antes de la entrevista con una empresa tecnológica de Madrid, y el módulo se fabricó en la misma planta que los centros de lavado. Aquel intento no funcionó porque la tecnología no era lo bastante sólida, entre otros motivos, y el proyecto quedó encallado.
Año y medio antes de la entrevista se retomó, y David se incorporó poco después. El equipo analizó tecnologías de distintos países, rediseñó el módulo y eligió una solución de Huawei Cloud. En diez u once meses tenían el primer prototipo.
Fabricar el contenedor en casa convierte la tienda en un producto que sale terminado de fábrica, la lógica que aplica el diseño y desarrollo de producto cuando define desde el principio dónde se instalará una solución.
Sensores de peso y cámaras: cómo detecta la compra
Las estanterías llevan sensores que controlan el peso de los productos y el techo, cámaras que analizan la compra. El hardware procede de Huawei Cloud y de sus socios en China; el cobro pasa por el TPV de Adyen, otro proveedor envía los SMS y una empresa de software integra todas las piezas.
David insiste en que el sistema no graba a las personas. Sigue los movimientos dentro de la tienda como si fueran un avatar, los cruza con lo que desaparece de cada balda y la inteligencia artificial interpreta qué se lleva cada cliente.
«No graba las personas dentro de la tienda, lo que graba son los movimientos».
David Casanovas, 21:34.
Las cámaras imponen condiciones al módulo: necesitan un tiro mínimo de 2,5 o 2,6 metros. Las medidas exteriores, unos 6 por 3 por 3 metros, permiten viajar en un tráiler sin transporte especial. Se descarga con un camión pluma, se conecta a corriente y datos, y puede empezar a vender.
Preguntado por Amazon Go, David señala que aquel sistema usaba solo cámaras en locales de 300 o 400 metros con miles de referencias, mientras Big Fish optó por espacios pequeños y por combinar cámaras y sensores de peso. Es un criterio habitual en visión artificial y automatización: acotar el escenario da más fiabilidad que confiarlo todo a un sensor.
Un proceso de compra pensado para el cliente de paso
El equipo descartó los proyectos que exigían descargar una aplicación y darse de alta, porque su cliente inicial es alguien que reposta y sigue su camino. En la pantalla de la entrada se introduce solo el número de teléfono, sin nombre ni registro. Después se pasa la tarjeta por el datáfono, que hace una retención como al repostar, y la puerta se abre. Al cerrarla empieza la compra; al salir y cerrar de nuevo, termina, y en pocos segundos llega un SMS con el ticket y se libera la retención.
No hay impresora de tickets ni cesta con lectores RFID, porque querían quitar papel y pasos. Se puede coger un producto, leer la etiqueta y devolverlo sin coste, siempre que vuelva a su sitio.
Pueden entrar varias personas con una misma tarjeta, o clientes distintos con su propio identificador. La tecnología admite más, pero limitan la tienda a cinco compradores para que la compra sea cómoda en 18 m². Son decisiones que pertenecen tanto a la ingeniería como al diseño de la experiencia de uso: el flujo debe seguir siendo claro a las tres de la mañana.
Probar en centros propios antes de ofrecerlo a terceros
El prototipo se estrenó en un evento de Huawei en París a principios de noviembre, probado en fábrica apenas 24 o 48 horas antes. Funcionó, y a la vuelta lo instalaron en una gasolinera del grupo en Molins de Rei. La decisión era montar las primeras tiendas en centros propios para comprobar la tecnología y observar cómo compraba la gente.
La sorpresa, según David, fue que el foco estaba en la tecnología y las incidencias llegaron por otro lado: que el cliente entendiera el proceso y se fiara de que le cobrarían lo correcto. Pusieron carteles de «tienda inteligente», explicaron los tres pasos en la puerta y aprovecharon que los operarios de la gasolinera resuelven dudas.
En el momento de la entrevista, las cinco tiendas sumaban más de 6.000 operaciones con una incidencia del 0,1 o 0,2 %, en parte por clientes que intentaron confundir al sistema.
Robos y normativa: los límites del modelo
Una tienda abierta 24 horas sin personal invita a la picaresca, y David no lo niega. Explica que las incidencias han sido pocas: hay más gente honrada que tramposa, las tiendas conviven con centros iluminados y vigilados, la puerta solo se abre con una tarjeta bancaria y dentro no hay un botín que justifique un asalto. Las dos tiendas de Ibiza, abiertas en julio, llevaban casi dos meses sin incidencias.
En cuanto a la regulación, David describe una normativa atomizada entre Unión Europea, Estado, comunidad autónoma y ayuntamiento. Legalmente la tienda se considera una máquina de vending. Las gasolineras del grupo ya tienen licencia que cubre la actividad comercial; un local necesita la licencia de apertura habitual y un módulo en otra ubicación requiere permiso municipal.
«Muchas veces el proyecto va por delante de la normativa».
David Casanovas, 52:46.
Escalar el modelo: tamaños, precio llave en mano y software de gestión
El módulo estándar mide 18 m², pero la tienda de la sede central ocupa 28 m² en un espacio físico y una de las de Ibiza tiene 22 o 23 m². Además de módulos, plantean córners en edificios corporativos, aeropuertos u hospitales y locales reconvertidos, con 250 o 300 referencias por tienda.
Para terceros ofrecen dos opciones: Big Fish explota la tienda con su marca en el espacio de un cliente, o la entrega llave en mano para que el cliente venda bajo su propia marca. Con criterio de prudencia, David sitúa el módulo completo con nevera y congelador en torno a 120.000 euros y la adaptación de un local en unos 80.000, porque las estructuras metálicas se fabrican en casa y apenas hay obra civil. A eso se suma un contrato de mantenimiento y software de unos 6.000 euros al año.
Ese software cambia precios desde el móvil, actualiza etiquetas electrónicas, muestra el planograma de cada balda, avisa de roturas de stock y se conecta con el ERP del cliente.
David también cuenta su mayor error: confiar al arrancar en un desarrollador tecnológico local que debía crear el software y traer la tecnología de fuera. No supo hacerlo ni lo reconoció a tiempo, lo que costó dinero, meses y casi el proyecto. La lección que extrae es exigir pruebas reales en lugar de fiarse de promesas.
Qué puede aprender otro equipo de desarrollo
El caso Big Fish deja cuatro aprendizajes para máquinas o espacios que deban funcionar sin supervisión:
- Acotar el escenario antes que perfeccionar el sensor. Un espacio pequeño, con pocas referencias y sensores complementarios, es más fiable que un local grande vigilado solo por cámaras.
- Reducir el proceso a lo imprescindible. Un número de teléfono y una tarjeta bastan; cada paso adicional aleja al cliente de paso.
- Probar en casa y medir. Instalar las primeras unidades en centros propios permitió aprender de 6.000 operaciones antes de vender el modelo.
- Exigir pruebas reales al socio tecnológico. Un desarrollo intangible necesita hitos verificables, no confianza.
En el momento de la entrevista, Big Fish operaba cinco tiendas en Cataluña y Baleares, ampliaba el surtido con parafarmacia, nutrición deportiva y congelados, y preparaba la oferta a terceros. El producto más vendido era la botella de agua de litro y medio.
En i-mas desarrollamos sistemas de automatización, visión artificial y electrónica para máquinas y espacios que deben funcionar solos y cobrar bien a la primera. Si tu proyecto necesita integrar sensores, cámaras, control de acceso y software en un producto instalable, cuéntanos tu proyecto.
Para seguir leyendo: cómo Awayter desarrolló una cantina automática de comida fresca sin personal.
Fuente del artículo: entrevista de Edgar Guerrero con David Casanovas en Toque de Ingenio. Los pasajes citados enlazan al minuto de la conversación. Las recomendaciones para otros proyectos son una síntesis editorial de i-mas.